17 de septiembre de 2006

La Tristeza Sombría de la Sociedad Espectacular (Artículo)

Es posible que no exista una obra más estrechamente ligada a los acontecimientos de mayo de 1968 que La Société du Spectacle. Más allá de la polémica parisina sobre si bajo los adoquines estaba la playa o no, o si tenía sentido ser realista y exigir lo imposible, el libro de Guy Debord se ha deslizado hasta este principio de siglo con una singular actualidad. Hoy nos atraviesa un temblor frío cuando leemos sus 221 tesis, formuladas deliberadamente en 1967 contra la sociedad espectacular; esa misma que sólo ahora aparece con plena evidencia como nuestro suelo y nuestro horizonte. De todos los aspectos de la teoría crítica presente en este texto, nos interesa destacar uno: el proceso de descomposición que el capitalismo contemporáneo ha impuesto sobre lo social.

Debord lo expresa del siguiente modo en su tesis 172: «El esfuerzo de todos los poderes establecidos, tras la experiencia de la Revolución Francesa, para aumentar los medios de mantener el orden en las calles, ha culminado finalmente en la supresión de la calle» . Es decir, el capitalismo tardío se ha encontrado con la necesidad de profundizar la atomización de los trabajadores, una vez que las condiciones urbanas de producción los han reunido excesivamente. La calle, en este contexto, se muestra como el espacio simbólico del peligro, el territorio inestable de la sublevación, donde los individuos establecen alianzas inesperadas. Por eso, los sistemas de poder intentan conjurar la amenaza de las complicidades subterráneas y de las conspiraciones secretas, incrementando la fabricación de identidades cerradas. Se trata, en otros términos, de introducir la programación y la regulación de zonas vulnerables e impredecibles mediante la negación de los encuentros y la disolución de los rostros.

Tan aislados y tan juntos

En este proceso, según Debord, es fundamental el papel que juegan los medios de comunicación de masas. Ellos prometen la articulación de un mundo de conexiones más intensas y aceleradas entre los sujetos, para lo cual arrancan a éstos de sus bases locales y los conectan a las redes globales. Sin embargo, el aislamiento individual y la distancia respecto al otro, se ven aumentados en directa relación con nuestra mayor incorporación a este universo espectacular. Así, por ejemplo, la televisión penetra en los hogares como el fuego en la caverna primitiva. En torno a su calor, los individuos se reúnen a contemplar la emisión constante de mensajes e imágenes, que nos sitúan inmediatamente en cualquier punto del planeta. Las viejas leyendas narradas por los ancianos alrededor de la gran llama, son reemplazadas por la letanía monótona del zapping. Nada de impulsos heroicos que se atesoran en el espíritu, ni de una conciencia real de las barbaries de nuestra sociedad. Estamos demasiado cerca del drama, para evitar la lejanía de nuestro papel de espectadores. En efecto, la programación transita de las alegrías futbolísticas a la matanza indiscriminada de Palestinos en Gaza; o de las íntimas confesiones de la prensa del corazón a algún reportaje comprometido con denunciar lo que ocurre en Guantánamo. Tal discontinuidad es la propia lógica de la televisión, una indiferenciación que anula la singularidad del acontecimiento, nos anestesia frente al dolor y agota toda nuestra sensibilidad en el estallido efímero de la imagen espectacular. Nada ocurre realmente en las pantallas televisivas y, por eso mismo, los spot publicitarios y los trailer de cine recurren insistentemente al mensaje de «aquello que no se ha visto nunca»; de lo inédito y lo inaudito que, al final, confirma que es una copia o un reciclaje.

Por lo tanto, permanecemos aislados frente a nuestras pantallas hogareñas, asistiendo al relato veloz e interminable que éstas transmiten. Es la fábula cotidiana que acompaña a la sobremesa; ser testigos de un mundo mediado por los patrones del espectáculo y de una realidad despojada de toda su existencia disruptiva. En suma, el aislamiento es una estrategia de control eficaz que se enlaza con una táctica de integración que opera desde los criterios de la producción y del consumo. La técnica, entonces, tiene un doble cariz: incentivar el aislamiento de individuos que han de permanecer juntos. No se busca solamente deshacer el espacio político que supone la constitución de experiencias intersubjetivas significativas; sino, además, incorporar estas dóciles unidades individuales a la trama de una homogeneidad y una normalización colectiva. En tal sentido, el ideal del capitalismo tardío no apunta al individualismo, ni tampoco a la producción del rebaño gregario. Lo que se persigue es la conexión infinita de átomos individuales, aislados y autoreferenciales, a la red desterritorializada del consumo. Más allá de las quimeras de una tecnología que nos promete comunicarnos, subyace la soledad irreductible que ensombrece el espíritu del ser humano.

Ahora bien, este doble mecanismo de aislamiento y conexión no opera exclusivamente en el plano de los mass-media. El espacio general de nuestra experiencia se encuentra marcado por esta doble acción. Las fabricas, los lugares de vacaciones o el ámbito familiar expresan el diseño múltiple de instancias de reunión aparente, en que los individuos se rozan y se distribuyen entre sí, sin que emerja ningún vínculo afectivo valioso e imprevisto. El guión de los roles está escrito de antemano, las relaciones posibles son extremadamente rígidas y rutinarias. Nada altera el circuito de las indiferencias, como si toda la sociedad fuese un mall gigantesco en el que no hacemos otra cosa que caminar en fila, unos tras otros, recorriendo con nuestra mirada impasible las vitrinas o los escaparates de las tiendas. La calle, entonces, como lugar del riesgo y la sorpresa, desaparece para convertirse en un territorio liso, sin fracturas ni aberturas para la creación. En nuestras sociedades del consumo frenético, la asepsia nos rodea por todas partes y lo cotidiano se hunde en lo i-rreflexivo. No existe un movimiento en la experiencia, no hay una re-flexión que nos haga retornar al espacio domiciliario de la plena disponibilidad de sí, después de situarnos en el territorio en-ajenante del trabajo y de la calle . Toda trayectoria se extingue en la uniformidad de los no-lugares, en la desquiciante circularidad inmóvil de lo Mismo. En otras palabras, la actual deriva del capitalismo nos conduce a una decadencia del espacio público, en la que se constituye una seudocolectividad de individuos aislados y de comunidades normalizadas.

La producción biopolítica y la familiarización de lo privado

Este fenómeno puede explicarse a partir de tres procesos característicos de la modernidad: la configuración de un poder biopolítico, la familiarización de lo privado y la expansión del mercado y de sus lógicas de consumo. Sobre el primero de estos elementos, diremos que se trata de la constitución de una nueva forma de gobierno; que deja a un lado el problema central del territorio, para sustituirlo por la inquietud respecto a la población. El Estado, desde el siglo XVIII, comienza a cumplir un papel interventor sobre los individuos, que se ve respaldado por una serie de instituciones. Dicha intromisión consiste en la gestión de los cuerpos, de sus ritmos de productividad y de sus comportamientos. Esta mecánica de individualización tiene su registro a nivel de la masa, cuando se trata a los cuerpos como una especie sometida a variables de salud, natalidad o mortalidad. El poder, entonces, descubre la población; cuyo control y administración representa una tecnología decisiva para afianzar el devenir del capitalismo.

No obstante, para esta tecnología, el rol del Estado llegará a ser algo suplementario. De hecho, después de haber ejercido una función decisiva en la primera fase de la producción biopolítica, el Estado pasará posteriormente a un lugar secundario. Esto será consecuencia de la creciente privatización y automatización de los mecanismos de elaboración de la vida, que ahora pueden expandirse difusamente por todo el tejido social. El Estado, entonces, al igual que las instituciones que lo auxilian (escuela, hospital, cárcel) ya no son imprescindibles para el desarrollo del biopoder. Como lo señala Deleuze, la fase disciplinaria de la sociedad biopolítica es superada por una fase de control. Los encierros y sus moldes específicos son reemplazados por los controles y su modulación constante; el quiebre de los tiempos que determina el plazo de las ocupaciones, es sustituido por la continuidad de un tiempo sin interrupciones . En otros términos, el poder deja de ser un rompe olas para convertirse en la onda continua sobre la que practicamos nuestro surf existencial .

Según Foucault, este diagrama biopolítico de la sociedad moderna conduciría necesariamente a un empobrecimiento del tejido relacional. Esto es así porque las estrategias de control de la población exigen, para su funcionamiento efectivo, de relaciones esquemáticas y de modelos fijos de comportamiento. Un sistema de relaciones afectivas muy intensas o de lazos sociales abiertos y flexibles, representaría un obstáculo para las políticas de regulación de la vida y de homogeneización de los individuos . Por esta razón, la homosexualidad aún continúa siendo considerada como una amenaza para nuestra civilización. No por el tipo de acto sexual que ella implica, ni tampoco por el supuesto deseo oculto que allí subyace, sino por las nuevas alianzas que inaugura. Como dice Foucault: «es la idea de que los homosexuales pueden crear relaciones que no podemos prever, lo que muchas personas no pueden soportar» . Por otra parte, este empobrecimiento relacional se observa también en la pérdida de todo el potencial social que la amistad algún día tuvo. La compleja y exquisita elaboración que la cultura grecorromana hizo de la misma, hoy ha quedado reducida a una privatización de la amistad. Prueba de esta degradación es que cada vez que deseamos remitirla a un orden de excelencia recurrimos a la metáfora de la familia, de los hermanos y de la unión de la sangre. Del mismo modo que, cuando deseamos explicar su contenido, caemos en la trampa psicoanalítica de la sexualidad sublimada y de la escena familiar originaria.

Dado esto último, puede vislumbrarse que en la función que cumple la familia, reside la segunda causa que permite comprender la descomposición de nuestro espacio social. En efecto, la modernidad se caracteriza por un proceso de familiarización de lo privado que convierte a la familia burguesa en el criterio moral con que se miden las relaciones en la esfera pública . Donzelot ha demostrado que, desde el siglo XVIII, la familia ha sido un campo privilegiado de la intervención biopolítica. Primero, por su unión con la medicina, que conectó la organización moral de la familia con la salud de los cuerpos que la componen . Segundo, porque este mismo papel de la familia como garante de la higiene pública y de la infancia normal, hace de ella una instancia sujeta al peligro de la degradación. Esto legitimará una serie de políticas suplementarias para reforzar la familiarización de la sociedad, mediante la promoción de la escuela en el siglo XIX o del dispositivo tutelar de asistencia a la familia deficiente . En la modernidad, estructuras filantrópicas, jurídicas, médicas y psicológicas cercarán a la familia, no con el fin de facilitar la integración problemática de sus miembros desadaptados, sino con el propósito de hacerla actuar como mecanismo de preservación, control y producción de la vida. La familia, por tanto, siempre ha sido un lugar de difícil articulación, que se pretende restaurar bajo el modelo de la tríada (padre, madre, hijos), con criterios higiénicos y morales.

Ciertamente, en las últimas décadas, asistimos a una crisis de ésta y de otras instituciones, pero ello se inscribe en la instalación progresiva de un nuevo régimen de dominación . La desestructuración parcial de la familia nuclear, no ha arrastrado a los discursos y a las prácticas de una ideología familiarista que atraviesa a las instituciones, a la retórica política, a los conceptos educativos o a la vida colectiva en general . Tal sobrevaloración de la familia, hace difícil concebir una forma de vida fuera de sus parámetros y limita, por ende, cualquier posible creación de modos de vida alternativos .

La globalización del consumo

Por otro lado, el despliegue del mercado mundial y de las nuevas modalidades de consumo ha profundizado este proceso de decadencia de la experiencia colectiva y social de los sujetos modernos. Así ocurre porque, en primer lugar, la globalización del consumo implica el salto hacia una nueva fase de la producción, en que ésta ya no se halla constreñida a un lugar y a un territorio. Por el contrario, la producción se expande a una velocidad creciente, en una lógica de desterritorialización que destruye lo local. Las nuevas reglas del consumo, en este contexto, desestiman lo similar y reivindican la generación de las diferencias dentro del menú del mercado. En este escenario se constituye lo que Bauman denomina: medio interactivo global, en el cual los individuos son incorporados como espectadores . Es decir, a este capitalismo globalizado ya no le preocupa la fuerza dócil y útil del trabajador, sino que los individuos se configuren como consumidores. Se difunde y se legitima, entonces, un estilo de vida que garantiza la proliferación incesante de la diversidad, de las opciones y de las oportunidades. Sin embargo, esto no es más que un simulacro de la diversidad, en el cual cada opción ha sido previamente diseñada por la oferta del mercado. Todo es posible en la sociedad del consumo mientras sea consumo. Como decían Adorno y Horckheimer, refiriéndose a la industria cultural moderna, la libertad de elección se revela en todos los sectores como libertad para siempre lo mismo .

Para que el medio interactivo global pueda asegurar su continuidad, se requiere una integración completa de los hombres y de las mujeres al modelo de organización; un control profundo y exhaustivo de las conciencias y de los cuerpos. El capitalismo encuentra su reproducción y su potencial desarrollo en cada rincón de la sociedad y de la vida. La explotación durante el tiempo de trabajo industrial da paso a una expropiación total de la existencia del sujeto. Es en la vida de los seres humanos donde el capital encuentra nuevas plusvalías y una condición sine qua non para su subsistencia. Como lo señala Debord, la mentalidad de la clase dominante se invierte cuando el grado de abundancia alcanzado por la producción de mercancías exige una colaboración suplementaria por parte del obrero y, entonces, se deja de considerarlo como simple fuerza de trabajo, para empezar a tratarle en su «humanidad» . Esto último se refleja en que el capitalismo deja de ejercer sus prerrogativas exclusivamente en el ámbito laboral, para deslizarse por toda la superficie de la experiencia de los individuos. Así, por ejemplo, la diversión se convierte en la prolongación del trabajo . En palabras de Adorno y Horkheimer, la mecanización determina tan íntegramente la fabricación de los productos para la diversión, que el sujeto ya no puede experimentar otra cosa que las copias o reproducciones del mismo proceso del trabajo . No existe otra cosa más que la sucesión interminable de las operaciones reguladas.

No obstante, pese a la independencia del capital respecto de los condicionamientos de la fuerza de trabajo y a pesar de la integración absoluta de los ritmos existenciales a la monotonía del consumo, se produce una prescindibilidad del individuo que es directamente proporcional a las capacidades de automatización del sistema. Todos los sujetos son necesarios, pero cada uno de ellos es reemplazable y la única manera de subsistir es imponerse sobre el otro. Esto se traduce en una intensificación de las relaciones de competitividad que, además, retroalimenta la eficacia y la rentabilidad de los mecanismos del mercado. La violencia y el resentimiento se exacerban dentro de las relaciones sociales, la desconfianza ante el otro prolifera y el miedo a la diferencia hace recomendable usar los ropajes de la semejanza. En la sociedad del consumo, los conversos del mercado se refugian en sus casas (...o países) que , cada vez más, adquieren el carácter de pequeñas fortalezas, con sus elaboradas tecnologías de vigilancia y control frente a la amenaza del otro. Por otra parte, los proscritos son arrojados a barriadas donde la seguridad ante el peligro está suprimida. Se trata, en este segundo caso, de zonas acondicionadas como nichos o papeleras en que situar todo aquello que no puede ingresar en los circuitos financieros o mercantiles de intercambios intensivos. De este modo, el mercado global y la lógica del consumo fracturan la dimensión intersubjetiva de los individuos, al promover el temor de la alteridad. Pero también lo hacen, en tanto en cuanto imponen una continuidad entre los tiempos y los espacios existenciales, que extingue la singularidad de lo público y que hace del acontecimiento social un mero eslabón dentro del diseño productivo.
BIBLIOGRAFÍA

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